viernes, noviembre 10, 2006

Una de Rancheros

Horizonte político
Por: José Antonio Crespo

El ocaso del ranchero

Finalmente los estadunidenses se percataron, respecto de la guerra en Irak, lo que era evidente para el resto del mundo: a) que Irak, pese a Saddam Hussein, no representaba un peligro para la región, pues no tenía armas de destrucción masiva; b) que tal acusación, artificialmente confeccionada por Washington, era un mero pretexto de George W. Bush y su círculo de hierro para cobrar viejas afrentas con el dictador iraquí, antiguo aliado de Estados Unidos; c) que la "Doctrina Bush" de defensa preventiva, de origen nazifascista, puede convertirse en sí misma en una peligrosa arma ideológica de "destrucción masiva"; d) que podría ser relativamente fácil ganar la guerra, pero prácticamente imposible ganar la paz, quedando empantanados en esa autocelada de la que es ahora muy difícil salir; e) que podría ser sencillo derrocar la dictadura de Hussein, pero complicadísimo instaurar una democracia en ese país, donde no se hallaba ninguna de las condiciones que permitieron la democratización japonesa tras la Segunda Guerra Mundial; f) que, por tanto, era probable que Irak se pareciera más a Vietnam que a Japón; g) que si la presunta democratización fuera razón suficiente para invadir un país, habría que ocupar a muchos otros, incluso aliados tradicionales de Estados Unidos; h) que lejos de golpear al terrorismo, la invasión a Irak lo incrementaría, lo convertiría en un criadero de nuevos terroristas; i) que lejos de proteger la democracia estadunidense, con la invasión a Irak ésta sufriría un grave retroceso en materia de libertad de expresión y respeto a los derechos humanos, con lo que los terroristas islámicos obtendrían una victoria, no militar, pero sí moral, estratégica y cultural; j) que el ataque a Irak radicalizaría, en lugar de moderar, a la región, como quedó comprobado con la llegada al poder de los fundamentalistas en Irán y, k), que Estados Unidos resulta ser todo aquello de lo que acusó a Irak: un peligro para el mundo, capaz de invadir a capricho al país que se le ocurra pasando por alto la legalidad e institucionalidad internacional, y con armas de destrucción masiva. Sobre todo cuando llega a la Presidencia un auténtico lunático, como demostró serlo Bush.

Todo eso, que siempre fue evidente para los ciudadanos del mundo —incluidos los ingleses y los españoles, aliados de Estados Unidos en esta locura—, no fue sino hasta hace poco comprendido por nuestros vecinos del norte. Lo cual puede explicarse en parte por la vulnerabilidad y maleabilidad de los ciudadanos cuando se sienten amenazados en su casa, como ocurrió luego del certero ataque a Nueva York. Fueron también bombardeados mediáticamente con mensajes frenéticos disfrazados de furor patriótico. Cuenta igualmente el tradicional desinterés de los estadunidenses por lo que ocurre en el exterior, que estrecha su visión del mundo, al percibirlo de manera maniquea y cuadrada.

Lo paradójico es que la mayoría de los estadunidenses no está de acuerdo en que Estados Unidos actúe como el gendarme del mundo (75% frente a sólo 10% que sí lo cree), de acuerdo con una encuesta levantada y difundida por el CIDE en torno a la visión de mexicanos y estadunidenses sobre política internacional. También, 62% de ellos acepta que sea la ONU la que defina cuándo es legítimo usar la fuerza armada en conflictos internacionales. Todo lo contrario de como lo hizo su Presidente con Irak. Y sólo 17% considera que un objetivo de política exterior de su país debiera ser la expansión mundial de la democracia, razón que terminó por ser el eje central para justificar la ocupación angloamericana. De alguna forma, a Bush le cayó bien el ataque terrorista a Nueva York, pues le dio la gran oportunidad de disipar los malolientes tufos del fraude electoral con que llegó a la Casa Blanca. Y como todo presidente que llega poco legitimado por las urnas, sintió la necesidad de compensar esa legitimación desde el poder. Le vino en charola de plata el tema del combate al terrorismo para alcanzar una gran popularidad, construida con la indignación y el temor ciudadano ante el cobarde embate terrorista al World Trade Center. El ataque a Afganistán tenía todas las justificaciones habidas y por haber: el gobierno talibán claramente era promotor y protector de terroristas, en particular Al-Qaeda, y se negó a entregar al desde entonces legendario y escurridizo Osama bin Laden. Pero de pronto se dio un giro de ciento ochenta grados y la mira se puso en Irak. Se capturó, juzgó y condenó al tirano Hussein, que nada tuvo que ver con lo de las Torres Gemelas.

Percatarse del gran engaño les tomó a los estadunidenses demasiado tiempo. Todavía en la elección de 2004 una mayoría calificaba bien la actuación de Bush en Irak, pese a los costos humanos y económicos (de millones de dólares echados al caño), para conjurar la "amenaza" que representaba esa dictadura tercermundista. Hoy la popularidad de Bush está cercana a 30%. Y uno de los temas centrales de la elección intermedia (aunque no el único) fue inevitablemente Irak. De ahí la renuncia de Donald Rumsfeld, uno de los principales artífices de esa aberrante aventura. Nancy Pelosi, la nueva lideresa de la Cámara Baja, declaró lo obvio: "Los estadunidenses fueron muy claros (en las urnas). No podemos continuar con esta dirección que ha sido catastrófica (y que) no ha hecho a nuestro país más seguro, no ha honrado nuestro compromiso con nuestros soldados y no ha reforzado la estabilidad en la región". Esta elección intermedia anuncia el inevitable ocaso de Bush. El aldeano ranchero dejará el poder con cajas destempladas (como ocurrirá también con nuestro propio ranchero-presidente).

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